Es tarde, casi las 5:15 de la mañana. La realidad es que ahora los fines de semana para mi han cobrado otro significado desde que trabajo. La responsabilidad de tener que levantarme temprano para ponerme a picar código de un proyecto (como tantas veces he hecho, con la salvedad de que esta vez no es para mí gloria y orgullo personal, sino para una empresa que me remunera por elllo). Hace que cuando llegue un viernes no me apetezca nada acostarme. Pues habitualmente la cama me llama y si no la alcanzo al día siguiente me acuerdo de no haberlo hecho. Sin embargo, un fin de semana no tengo obligaciones, puedo trasnochar como en antaño hacía a diario. Como cuando empecé a conectarme a internet hasta las tantas a escondidas de mis padres en aquellos canales políticos del IRC - Hispano en los que Pirlo comenzó a labrarse. Aquellos tiempos, quizás 10 años atrás, yo perdía mis tiempos charlando con otras personas, haciendo amigos... Hoy, en cambio, me dedico a meditar sobre la vida, sobre mi vida. Sobre la vida de los que tengo alrededor. Me he acordado de dos hechos bastante curiosos en mi vida que quizás a alguno les ayude a la hora de afrontar sus miedos y sus baches.
Cuando yo tendría unos 7 años. Me acababa de cambiar del colegio Pablo Ruiz Picasso al colegio San Estanislao de Kostka. En el Picasso no podíamos jugar con balones de fútbol, pues una vez, un alumno golpeó a una profesora con una pelota en la cabeza y la dejó K. O. Entonces allí jugabamos al fútbol con batidos, pelotas de papel albal o cualquier instrumento que pudiera patearse sin problemas. Cuando yo llegué a SEK, vi emocionado como por cada clase teníamos dos pelotas de fútbol y dos de baloncesto. Yo estaba en 2º D. Mi profesora se llamaba Justa. Yo era un niño muy revoltoso, un manojo de nervios o como a mi madre le habían dicho en alguna ocasión: "usted no tiene un hijo, tiene un terrorista". Por ello, Justa me obligó a sentarme junto a ella. Mi pupitre delante de su mesa. El caso era que a la hora del recreo, todos ibamos al campo de 1º y 2º, ahora conocido como campo "Padre Tejera". El campo de primero y segundo se compone de una pista de suelo rojo muy resbaladiza. Con dos porterías grandes en cada uno de los extremos. Unos 50 metros podría tener de largo. A uno de los lados, tenía dos campos cubiertos por un techo muy alto de madera. Separados éstos del campo grande por arcos delimitando donde empieza el campo grande. No he mencionado que en el campo grande también había canastas a lo ancho. Pues en el recreo se juntaban en ese patio las 4 clases de primero y las 4 clases de segundo. Una media de 35 niños por clase para un total de 280 alumnos correteando como locos como si de ovejas en libertad se tratase. A nuestra clase, o a "los chulitos" de nuestra clase les correspondía el cobertizo norte. Allí jugabamos al fútbol en apenas 20 metros de largo por 7 de ancho un total de 25 niños. Mi problema era que yo nunca había jugado al fútbol con una pelota. Tan solo con batidos... y para robar un batido que tiene un rival pisado, la única vía posible no era otra que la zancadilla, al más puro estilo Oliver Atom. Tras mis primeros días sin atreverme a jugar. Me armé de valor y me puse a ello. Fui a quitar la pelota, entré con todas mis ganas, a ras del suelo, de haber estado en cesped probablemente hubiera levantando la hierba. Irremediablemente ni el balón, ni el jugador pasaron. Con mi menudez fui capaz de tumbar a todo un clásico de mi clase. Fui sancionado y expulsado del partido del recreo. Yo era el nuevo, no pude rechistar. Me fui llorando a dar vueltas por ese patio lleno de ovejas desconocidas. Y ahí se acabó mi intento de jugar a un deporte al que no sabía jugar.
Mi miedo al fútbol se forjó por una mala experiencia con tan solo 7 añitos. Un día, estando en el Club Mediterraneo con mis padres. Yo miraba ansioso como los niños jugaban al fútbol en la pista. Yo no me atrevía a jugar, y mis padres, muy sabios ellos. Hablaron conmigo seriamente. Me obligaron a jugar, a pasar la barrera. La cruce, superé mi miedo. No recuerdo si lo hice bien o mal. Pero aquel "juega, no importa como lo hagas ni lo que te digan, diviertete" funcionó. A partir de ahí, me armé de valor y jugué siempre a pesar de lo que me dijeran.
Tanto me aficioné que fui mejorando. Me eligieron para un equipo bueno de unas 12 horas de mi colegio. Llegamos a la final. Y allí mi primer entrenador de fútbol sala cuando tenía 8 años. Me fichó para el equipo. Desde entonces he jugado al fútbol sala hasta este año que parece que se me obliga a dejarlo.10 años como jugador del colegio de las categorías inferiores. 3 de ellos como capitán. Máximo goleador en uno de ellos. 2 años en el Inducerama (Actual Grupo Gloria, uno de los punteros de Málaga). Y 4 años en el equipo Senior que yo mismo fundé. Se puede decir que el fútbol sala ha formado parte de mi vida y me ha hecho tal y como soy. Quién sabe, de no haber superado esa barrera, de no haberme ayudado mis padres a superar ese miedo cuando no era más que un crio, hoy seguiría sin saber jugar al fútbol...

Tu ves? esa es la barrera q yo nunca he pasado con los caballos....
jajaajajajajajajjja! pues ya sabes! jajajaajajajajajja ajjajajaajajaj macho que bueno ajjajajajajja