Estabamos sentados en la tienda de campaña. El Capitán, dos comandantes y yo; el general. Estabamos analizando la situación. Sabíamos que pronto podría llegar la batalla pero todavía no la esperabamos. Nos había pillado por sorpresa y estabamos bastante nerviosos. El capitán preparaba una ofensiva hacia el amanecer. Dos tercios atacarían en cuanto el sol asomase por el horizonte. La idea era dividir las defensas rivales. Los tercios atacarían desde diferentes posiciones de modo que el enemigo no supiera por donde iría el grueso del ejercito. El Comandante Reyes aceptaba la estrategia propuesta, sin embargo, enfantizó en la posibilidad de tener una retirada preparada en caso de que saliera mal la ofensiva. Yo no estaba seguro de la estrategia en cuestión. Aunque parecía buena, tenía el pálpito de que el enemigo anticiparía las hostilidades y sería el que iniciase el combate. Por ello, aposté por tener a las tropas listas desde ya. Evidentemente, todos aceptaron mi opinión y dimos orden de que todas las tiendas se levantasen.
Estuvimos horas aguardando el combate. Las banderas de guerra estaban ya en alto, los tambores roncos anunciaban la batalla. De pronto, escuchamos un eco a nuestros sordos tambores. No eran nuestros tambores. Llegó el teniente Martín afirmando lo que yo antes había anticipado. El enemigo venía con sus cañones cargados anunciando acontecimientos extraños y desagradables. Que sin embargo, si eran bien respondidos significarían la gloria y la alegría. La victoria acabaría con la guerra, la victoria acabaría en felicidad. La victoria significa la meta, por la que tanto había luchado.
Mi ejercito ya estaba preparado... sin embargo, yo todavía no estaba armado.

Oh capitán mi capitán!